📝 HISTORIA EN BREVE
- Una investigación que se publicó en la revista Nature descubrió que las grasas que se encuentran en las células inmunológicas podrían influir en si esas células sobreviven o se autodestruyen, lo que significa que su alimentación determina qué tan bien responde su sistema inmunológico a las infecciones y el cáncer
- Las células inmunológicas se vuelven mucho más frágiles cuando sus membranas contienen grandes cantidades de grasas poliinsaturadas (PUF) de aceites de semillas como la soya, el maíz, la canola, el girasol y el cártamo, ya que estas grasas inestables se oxidan con facilidad, lo que provoca una reacción en cadena destructiva dentro de la célula
- Una revisión científica que se publicó en la revista Nutrients demuestra que los ácidos grasos también controlan la intensidad con la que las células inmunológicas reaccionan a las amenazas, lo que influye en la inflamación, la forma en que se comunican entre sí y la resistencia de las barreras de protección en tejidos como el intestino, los pulmones y la piel
- Las alimentaciones modernas sobrecargan el cuerpo con grasas inestables que provienen de alimentos procesados, comidas de restaurantes, aceites de semillas y otros alimentos con alto contenido de ácido linoleico (AL), como frutos secos y semillas, lo que podría debilitar poco a poco el sistema inmunológico e incrementar el riesgo de enfermedades inflamatorias crónicas
- Comer alimentos enteros, reducir el consumo de ácido linoleico y sustituir los aceites de semillas con grasas tradicionales más estables, ayuda a restaurar las membranas celulares, estimular la producción de energía en las mitocondrias y fortalecer las defensas inmunológicas
🩺 Por el Dr. Mercola
Las células inmunológicas que vigilan su cuerpo en este preciso momento, se formaron con las grasas que consumió esta semana. Y según un estudio que se publicó en marzo de 2026 en la revista Nature, consumir las grasas incorrectas puede provocar que esas células se autodestruyan y lo digo de una forma muy literal, ya que sus membranas se rompen de adentro hacia afuera.1 De hecho, los investigadores descubrieron un mecanismo directo que relaciona los alimentos que come todos los días con la integridad física de las células de las que depende su cuerpo para combatir las infecciones e incluso el cáncer.
Una revisión independiente que se publicó en la revista Nutrients2 confirma esta teoría desde un ángulo más amplio, ya que demuestra que los ácidos grasos influyen en el comportamiento inmunológico en casi todas las categorías de células de defensa que tiene su cuerpo.3 En conjunto, estos estudios presentan un argumento convincente de que la composición de grasas de su alimentación es uno de los factores que influyen en su resistencia a las enfermedades, y a pesar de su importancia, no recibe la atención que merece.
Las células inmunológicas se forman con las grasas que come
Para el estudio que se publicó en Nature, los investigadores analizaron el impacto de las grasas alimentarias en la salud y la supervivencia de las células T, que son las células inmunológicas que organizan la defensa del cuerpo contra las infecciones y el cáncer.4 Trataron de determinar cómo las diferentes grasas de los alimentos se convierten en parte de la capa externa de estas células e influyen en si las células se mantienen fuertes o se descomponen cuando el cuerpo está bajo estrés.
El estudio se enfocó en una forma específica en que mueren las células inmunológicas: su membrana externa se rompe después de que el oxígeno daña las grasas que tiene incrustadas. Los científicos denominan este proceso como ferroptosis, que está impulsado por reacciones dependientes del hierro que atacan las grasas vulnerables de la membrana. Cuando esto sucede, muere la célula inmunológica. Cuando analizaron el impacto de los diferentes tipos de grasas de la alimentación en este proceso, los investigadores descubrieron que al parecer, las grasas alimentarias influyen de forma directa en la resistencia de las células inmunológicas.
• Las grasas de su alimentación determinan si sus células inmunológicas se debilitan o fortalecen: los investigadores descubrieron que el equilibrio de grasas dentro de las células T determina si esas células permanecen estables o se descomponen bajo estrés.
Cuando las células T contienen más grasas poliinsaturadas (PUF), que son comunes en los aceites de semillas como la soya, el maíz, la canola, el girasol y el cártamo, que grasas monoinsaturadas como las que se encuentran el aceite de oliva y aguacates, las membranas celulares se vuelven mucho más fáciles de dañar.
Estas grasas inestables reaccionan con el oxígeno, lo que fragilita la membrana. Un descubrimiento clave fue la rapidez con la que las grasas de los alimentos se incrusta en la pared externa de las células inmunológicas. Cuando esas membranas contienen grandes cantidades de espumas de poliuretano inestables, la oxidación se propaga rápido por toda la membrana, como la reacción en cadena que se produce en una hilera de fichas de dominó cuando cae la primera pieza.
Algunas grasas crean membranas frágiles que se descomponen con facilidad, mientras que otras crean estructuras más fuertes y estables. Con el tiempo, las grasas de su alimentación determinan si sus células inmunológicas aún son resistentes o si, por el contrario, se vuelven débiles y vulnerables durante el estrés inmunológico.
• Las células T más resistentes crearon respuestas inmunológicas más fuertes: cuando los investigadores ajustaron la composición de grasa de las células T para que sus membranas contuvieran grasas más estables, las células vivieron más tiempo y realizaron mejor sus funciones.
El estudio demuestra las mejoras en las células T foliculares auxiliares que ayudan al cuerpo a producir anticuerpos.5 Estos anticuerpos son las proteínas que produce su sistema inmunológico para reconocer y combatir las infecciones. Cuando estas células auxiliares se mantienen en óptimas condiciones, el cuerpo produce una protección inmunológica más fuerte y duradera.
• Estas células T fueron mejores para combatir los tumores: los científicos también analizaron cómo la composición de la grasa afectaba la capacidad de las células T para atacar las células de cáncer. Cuando las células eran resistentes a la ferroptosis, mantenían su actividad antitumoral durante períodos más prolongados. Esto es importante porque muchos tratamientos contra el cáncer dependen de células inmunológicas fuertes que permanezcan activas el tiempo suficiente para destruir las células anormales.
• Ciertas grasas hicieron que las células inmunológicas fueran mucho más frágiles: los investigadores observaron que las membranas que contenían PUF eran más vulnerables a la oxidación. Estas grasas contienen enlaces químicos que reaccionan fácil con el oxígeno, lo que las hace inestables. Una vez que comienza la oxidación, el daño se propaga rápido a través de la membrana y desencadena la ferroptosis, que actúa como una reacción en cadena destructiva.
Las grasas ayudan a controlar la intensidad con la que reacciona el sistema inmunológico
El estudio que se publicó en Nature demostró lo que sucede en la membrana de un solo tipo de célula. Pero, su sistema inmunológico no solo funciona con células T. Otra revisión que se publicó en la revista Nutrients demuestra que las grasas de la alimentación podrían influir en el comportamiento de casi todas las categorías de células inmunológicas del cuerpo, y que los efectos van más allá del daño estructural.6
El objetivo de los investigadores fue comprender cómo influyen las grasas de la alimentación en la forma en que las células inmunológicas se comunican entre sí, desencadenan inflamación y protegen el cuerpo de los microbios dañinos. Descubrieron que los ácidos grasos realizan dos funciones importantes dentro de las células inmunológicas.
En primer lugar, ayudan a formar la estructura de las propias células. En segundo lugar, actúan como señales químicas que indican a las células inmunológicas cómo responder a las amenazas. Esto significa que las grasas que se encuentran dentro de su cuerpo no solo influyen en la forma de las células inmunológicas, sino también en las instrucciones que siguen esas células para combatir una infección o reparar los tejidos.
• Los diferentes tipos de grasas influyen en la intensidad con la que las células inmunológicas responden a las amenazas: la revisión descubrió que los ácidos grasos afectan la actividad de varias células inmunológicas importantes, que incluyen los macrófagos, los neutrófilos y las células dendríticas. Estas células pertenecen a su sistema inmunológico innato, que actúa como la primera línea de defensa de su cuerpo. Reaccionan en cuanto aparecen bacterias, virus o tejido dañado.
Se demostró que algunos ácidos grasos estimulan respuestas inmunológicas más agresivas, lo que incrementa la inflamación, mientras que otras regulan esta repuesta y mantienen la inflamación bajo control. Es importante mantener el equilibrio, ya que una respuesta hiperactiva daña los tejidos sanos, mientras que una respuesta débil permite que se propaguen las infecciones.
• Las grasas ayudan a las células inmunológicas a comunicarse entre sí: un descubrimiento importante en la revisión involucra moléculas que se conocen como citoquinas. Las citoquinas son pequeñas señales químicas que liberan las células inmunológicas para coordinar su respuesta. Digamos que son como mensajes que se envían entre las células para indicar cuándo activarse, multiplicarse o ralentizarse.
Los ácidos grasos influyen en el tipo de citoquinas que liberan las células inmunológicas, así como en la intensidad de esas señales. Cuando cambia la composición de las grasas dentro de las células inmunológicas, también cambia el patrón de estas señales. En otras palabras, las grasas en el cuerpo influyen en si las células inmunológicas envían señales de ataque intensas o señales de calma que reducen la inflamación.
• Las grasas también ayudan a proteger las barreras físicas del cuerpo: el estudio mencionó otro sistema de defensa clave, los revestimientos de protección, que incluyen su piel, pulmones y tracto digestivo. Estas superficies actúan como barreras que impiden que los microbios dañinos entren al cuerpo.
Los ácidos grasos influyen en unas proteínas especiales que se conocen como uniones estrechas, que funcionan como sellos entre células. Cuando estos sellos permanecen intactos, las bacterias y los virus no pueden atravesarlos con facilidad. Pero, cuando se debilitan, los microbios dañinos entran y causan inflamación.
• Ciertas grasas activan sensores inmunológicos incorporados: los investigadores también descubrieron que los ácidos grasos interactúan con receptores dentro de las células inmunológicas. Estos receptores actúan como sensores que detectan señales químicas e indican a la célula cómo debe responder. Algunos ácidos grasos activan receptores que estimulan la actividad inflamatoria, mientras que otros activan receptores que reducen la inflamación. Las grasas actúan como interruptores que controlan la intensidad con la que reaccionan las células inmunológicas.
Y también influyen en la forma en que las células inmunológicas producen energía. Estas células necesitan grandes cantidades de energía para combatir las infecciones. Los ácidos grasos afectan a los sistemas metabólicos dentro de estas células que producen esa energía. Algunos ácidos grasos ayudan a las células inmunológicas a producir energía de forma efectiva, lo que permite que se mantengan activas durante las infecciones. Mientras que otros ácidos grasos alteran estos procesos y debilitan el sistema inmunológico.
• El exceso de ciertas grasas incrementa el riesgo de enfermedades que se relacionan con el sistema inmunológico: los investigadores relacionaron el desequilibrio de ácidos grasos con varios problemas inmunológicos, que incluyen alergias, asma y trastornos autoinmunes. Estos problemas de salud se desarrollan cuando el sistema inmunológico reacciona de forma exagerada o ataca sustancias inofensivas. La composición de la grasa dentro de las células inmunológicas influye en la tolerancia del sistema inmunológico, es decir, en su capacidad para reconocer qué es seguro y qué es una amenaza.
La revisión concluyó que las grasas de la alimentación influyen en la actividad inmunológica de varias formas a la vez, que incluyen las vías de señalización, la actividad genética y la fuerza de las barreras de protección. Estos efectos se acumulan poco a poco como resultado de los hábitos alimentarios. Con el tiempo, los tipos de grasas que obtiene de su alimentación ayudan a determinar la efectividad con la que su sistema inmunológico detecta las amenazas, coordina su respuesta y reduce la inflamación una vez que pasa el peligro.
5 formas de restaurar el equilibrio de las grasas alimentarias
El estudio que se publicó en Nature demostró que los tipos de grasas que contienen las células T influyen mucho en la supervivencia o la destrucción de esas células bajo estrés. Cuando el equilibrio se desplaza de las grasas poliinsaturadas y se inclina a las grasas monoinsaturadas, las células resisten el daño y se mantienen funcionales por más tiempo. Pero, es importante interpretar de forma correcta ese hallazgo.
El estudio demuestra que el exceso de PUF, como el ácido linoleico (AL) que contienen los aceites de semillas, debilita las células inmunológicas, pero eso no significa que consumir grandes cantidades de aceites monoinsaturados sea la solución. La clave no está en "añadir más aceites monoinsaturados". Aquí el mensaje importante es que las alimentaciones modernas sobrecargan el cuerpo con grasas inestables que dañan las membranas celulares.
Para restaurar el equilibrio, primero debe eliminar esos aceites dañinos y sustituirlos con grasas estables que su cuerpo utiliza para obtener energía y reforzar las células. Una vez que comprenda que las grasas que entran en su cuerpo se convierten en componentes estructurales de las células inmunológicas y las mitocondrias, que son las estructuras que producen energía celular, el paso más importante es restaurar el entorno de ácidos grasos dentro de sus tejidos.
Todos los días, su cuerpo reconstruye las membranas celulares con ayuda de las grasas que obtiene de los alimentos. Cuando esas grasas son inestables o causan alteraciones metabólicas, las células inmunológicas se debilitan y disminuye la producción de energía. Para corregir la causa subyacente tiene que eliminar los aceites que alteran el metabolismo y sustituirlos por grasas que estimulan la función mitocondrial y fortalecen el sistema inmunológico.
1. Elimine tanto los aceites de semillas como el aceite de oliva, el último no es un remplazo saludable de los primeros: muchas personas creen que el aceite de oliva es una opción más saludable que los aceites vegetales industriales, pero ese cambio no resuelve el problema subyacente. Los aceites de semillas, que incluyen la soya, el maíz, la canola y el cártamo, contienen grandes cantidades de AL, una espuma de poliuretano muy inestable que se oxida con facilidad y daña las estructuras celulares.
Estos aceites se descomponen cuando se cocinan, lo que crea subproductos tóxicos que interfieren con la señalización hormonal y la producción de energía en las mitocondrias.
Al mismo tiempo, depender de los aceites ricos en grasas monoinsaturadas, en particular el aceite de oliva y el aceite de aguacate, se relaciona con otro problema que suele ignorarse. El ácido oleico, que es uno de los ácidos monoinsaturados más importantes, suele ser el componente principal de estos aceites. Aunque estas grasas se promocionan como saludables, la situación se complica cuando se consumen en exceso.
Para empezar, muchos productos de aceite de oliva están adulterados. Según las investigaciones, algunos aceites de oliva que venden en los supermercados, se adulteran con aceites vegetales baratos.7 Eso significa que es muy probable que el aceite que compra no sea puro, sino una mezcla de aceites de semillas que se venden como producto premium. Cuando eso sucede, sin saberlo, consume las mismas grasas inestables que se encuentran en el aceite de soya, maíz o canola.
Pero, incluso cuando el aceite es puro, el exceso de ácido oleico produce su propio estrés metabólico. Existe evidencia que sugiere que el consumo excesivo de ácido oleico podría relacionarse con alteraciones en las vías energéticas celulares, aunque el grado de efecto varía según el contexto.
Mientras que otras investigaciones sugieren que consumir mucho ácido oleico podría alterar los patrones de distribución de la grasa.8 Y cuando se deteriora la función de las mitocondrias, disminuye la producción de ATP.
En lugar de fortalecer el metabolismo, el exceso de ácido oleico debilita los sistemas de energía celular de los que depende su cuerpo. Pero, sustituir el aceite de oliva con aceites vegetales solo empeorará el daño. No se trata de sustituir una botella con otra, sino de eliminarlos por completo de su cocina.
El objetivo es restaurar la estabilidad en el entorno graso, ya que eso permitirá que las células inmunológicas y las mitocondrias funcionen de forma correcta.
2. Remplace estos aceites inestables con grasas tradicionales: una vez que elimine los aceites dañinos, debe remplazarlos con fuentes estables de grasas, ya que son necesarias para su salud. Las grasas tradicionales, como la mantequilla de animales alimentados con pastura, el ghee y el sebo, proporcionan esa estabilidad. Estas grasas contienen niveles mucho menores tanto de ácido linoleico como de ácido oleico y resisten la oxidación durante la cocción.
Debido a que estas grasas permanecen estables, estimulan la función mitocondrial en lugar de alterarla. Mantener la eficiencia mitocondrial con grasas estables ayuda a que las células produzcan energía de forma correcta.
3. Evite las fuentes ocultas de AL en las alimentaciones modernas: las fuentes principales de AL son los alimentos procesados, las comidas de restaurantes y los bocadillos que se elaboran con aceites de semillas. La mayoría de los alimentos empaquetados, así como la comida rápida y de restaurantes, se cocinan con aceites de soya, maíz, canola o aceites vegetales similares porque son económicos y tienen una larga vida útil. Aunque deje de utilizar estos aceites en casa, consumir alimentos procesados o comidas en restaurantes de forma regular, lo expondrá a grandes cantidades de AL.
Otra fuente oculta de AL son los frutos secos, las semillas y las mantequillas de frutos secos. Alimentos como las almendras, las nueces, los cacahuetes, las semillas de girasol y muchas mantequillas de frutos secos contienen mucho AL. Consumirlos de forma regular mantiene elevados los niveles de AL en los tejidos y ralentiza el proceso para restaurar el equilibrio de las grasas.
El objetivo es reducir el consumo de AL a menos de 5 gramos, aunque lo ideal es que sea cerca de 2 gramos diarios. Para alcanzar ese nivel debe eliminar los aceites de semillas, minimizar el consumo de alimentos procesados y comidas de restaurantes, y dejar de comer alimentos ricos en AL, como los frutos secos y las semillas. Hacer un seguimiento de su consumo facilitará el proceso.
La plataforma de salud Pax que está por lanzarse, cuenta con la función Seed Oil Sleuth, que calcula su exposición al ácido linoleico y lo ayuda a mantenerla dentro del rango que favorece su metabolismo y su función inmunológica.
4. Elija carnes de rumiantes en lugar de carne de cerdo y pollo: la alimentación que recibe un animal influye mucho en los tipos de grasas que contiene su carne. Las gallinas y los cerdos son monogástricos; es decir, tienen estómagos simples que depositan las grasas de la alimentación directo en sus tejidos con una conversión mínima. Cuando se crían con piensos a base de soya y maíz, su carne contendrá esas mismas grasas inestables. Cuando consume esas carnes con regularidad, esas mismas grasas entran en su cuerpo y se incrustan en sus células.
Los animales rumiantes, como el ganado vacuno, las ovejas y los ciervos, procesan las grasas de manera diferente porque tienen sistemas digestivos multicamerales. Como resultado, las carnes de animales rumiantes alimentados con pastura o salvajes contienen niveles mucho menores de ácidos grasos inestables y proporcionan un perfil de grasas más estables.
5. Estimule la reparación celular con el combustible y las proteínas adecuadas: restaurar el equilibrio de grasas en su alimentación funciona mejor cuando se combina con nutrientes que ayudan a sus células a reconstruir membranas saludables y mantener la producción de energía. Las células producen energía de forma más eficiente cuando utilizan glucosa como combustible principal. Para la mayoría de los adultos, lo mejor es consumir 250 gramos de carbohidratos al día, o más si es una persona activa.
Los carbohidratos fáciles de digerir, como las frutas, los vegetales de raíz y el arroz blanco, proporcionan el combustible que las mitocondrias utilizan para producir ATP.
Las proteínas ricas en colágeno que provienen del caldo de huesos o las carnes cocinadas a fuego lento también son importantes, ya que proporcionan los aminoácidos necesarios para reparar los tejidos conectivos y las estructuras celulares. Juntos, estos alimentos ayudan a restaurar el entorno metabólico que permite que las células inmunológicas y las mitocondrias funcionen de forma correcta.
Preguntas frecuentes sobre el impacto de las grasas alimentarias en la función inmunológica
P: ¿Cómo afectan las grasas alimentarias a su sistema inmunológico?
R: Las grasas alimentarias se convierten en parte de las membranas de las células inmunológicas. Una investigación que se publicó en Nature demostró que cuando las células inmunológicas contienen mayores cantidades de espumas de poliuretano inestables, que son comunes en los aceites de semillas, se vuelven más susceptibles y tienen mayor riesgo de morir de forma prematura.9 Cuando estas células se descomponen demasiado rápido, se deteriora la capacidad de su sistema inmunológico para combatir infecciones y cáncer.
P: ¿Por qué se dice que los aceites de semillas dañan las células inmunológicas?
R: Los aceites de semillas como la soya, el maíz, la canola, el girasol y el cártamo contienen grandes cantidades de AL, un PUF que se oxida con facilidad. Cuando estas grasas se acumulan en las membranas, se vuelven vulnerables al daño oxidativo. Este daño puede contribuir a la ferroptosis, que es una reacción en cadena que destruye la membrana celular y mata a la célula inmunológica. Las investigaciones sugieren que consumir mucho ácido linoleico debilita el sistema inmunológico.
P: ¿Existen otros tipos de grasas que también afectan las respuestas inmunológicas?
R: Si, una revisión que se publicó en la revista Nutrients descubrió que los ácidos grasos influyen en muchos aspectos de la función inmunológica, que incluyen la inflamación, la señalización inmunológica y la fortaleza de las barreras de protección del cuerpo.10 Las diferentes grasas cambian la forma en que las células inmunológicas se comunican entre sí, la fuerza con la que responden a las amenazas y la efectividad con la que producen energía durante las infecciones.
P: ¿Cuáles son las principales fuentes de grasas dañina en la alimentación moderna?
R: Los alimentos procesados, las comidas de restaurante y los bocadillos empaquetados son las fuentes principales de AL porque suelen contener aceites de semillas. Los frutos secos, las semillas y las mantequillas de frutos secos también contienen niveles elevados de AL. Incluso cuando las personas dejan de cocinar con aceites de semillas en casa, comer alimentos procesados o comidas de restaurantes suelen mantener un consumo elevado de estas grasas inestables.
P: ¿Cómo puedo restaurar el equilibrio de grasas en mi alimentación para fortalecer mi sistema inmunológico?
R: Reducir el consumo de AL es un paso importante. Trate de consumir menos de 5 gramos de ácido linoleico al día, aunque lo ideal sería cerca de los 2 gramos. Esto implica eliminar los aceites de semillas, minimizar el consumo de alimentos procesados y comidas en restaurantes, dejar de comer alimentos con alto contenido de ácido linoleico, como los frutos secos y las semillas, y elegir grasas más estables como la mantequilla de animales alimentados con pastura, el ghee y el sebo. Con el tiempo, estos cambios podrían ayudar a restaurar las membranas celulares y fortalecer el sistema inmunológico.