📝HISTORIA EN BREVE

  • El consumo excesivo de alcohol acelera los derrames cerebrales hemorrágicos en más de una década, lo que provoca que las hemorragias cerebrales ocurran alrededor de los 64 años en lugar de los 75 y deja a los sobrevivientes con una mayor discapacidad y deterioro cognitivo
  • Las resonancias magnéticas muestran que las personas que consumen alcohol en exceso desarrollan daños más graves en la sustancia blanca, el cual es un signo de envejecimiento cerebral acelerado y enfermedad de los vasos pequeños, incluso antes de que se produzca un derrame cerebral
  • Tanto el alcohol como los aceites de semillas dañan las mitocondrias a través de aldehídos tóxicos que debilitan los vasos sanguíneos, promueven la inflamación y aumentan el riesgo de hemorragias cerebrales y enfermedades hepáticas
  • Evitar el alcohol y los aceites de semillas, mientras reconstruye su alimentación en torno a alimentos ricos en nutrientes y con bajo contenido de ácido linoleico, ayuda a restaurar la integridad de los vasos y a reducir el estrés oxidativo en el cerebro y el hígado
  • La melatonina, el dimetilsulfóxido (DMSO) y la N-acetilcisteína (NAC) apoyan la reparación mitocondrial y las defensas antioxidantes, lo que ayuda a proteger el cerebro y los vasos sanguíneos del daño oxidativo a largo plazo

🩺Por el Dr. Mercola

Un derrame cerebral hemorrágico es uno de los eventos médicos más terribles que una persona puede experimentar. Ocurre cuando un vaso sanguíneo debilitado se rompe dentro del cerebro, lo que corta el oxígeno y comprime el tejido circundante. Si bien antes se observaban en mayor medida en adultos mayores, ahora estos derrames cerebrales aparecen en personas mucho más jóvenes, y el estilo de vida influye de forma significativa en ese cambio.

Un estudio publicado en Neurology encontró que el consumo excesivo de alcohol (tres o más bebidas al día) acelera de forma drástica la aparición y la gravedad de estas hemorragias cerebrales.1 El daño no se limita a un solo momento de crisis. Con el tiempo, el consumo crónico de alcohol modifica el sistema vascular, lo que eleva la presión arterial, debilita las paredes de los vasos y afecta la habilidad del cerebro para regular el flujo sanguíneo.

Este patrón de crecimiento refleja un problema más profundo: el estrés oxidativo y la lesión mitocondrial, que son los mismos procesos celulares que promueven el envejecimiento en todo el cuerpo. El alcohol no sólo daña el hígado, también debilita las estructuras que proporcionan energía y oxígeno al cerebro. Entender cómo el alcohol provoca este deterioro (y cómo las grasas de la alimentación moderna producen daños similares) ofrece un camino para proteger tanto el cerebro como la vitalidad a largo plazo.

El consumo excesivo de alcohol acelera el daño cerebral y provoca derrames cerebrales a una edad más temprana

El estudio de Neurology examinó a 1600 adultos que ingresaron al Hospital General de Massachusetts con hemorragias cerebrales espontáneas, también conocidas como hemorragias intracerebrales.2 Los investigadores descubrieron que quienes bebían en exceso sufrieron derrames cerebrales a una edad media de 64 años, en comparación con los 75 años de quienes no bebían demasiado.

En otras palabras, las personas que bebían en exceso sufrieron derrames cerebrales hemorrágicos unos 11 años antes que otras. Esto significa que el tipo de derrame cerebral que se observa en mayor medida en adultos mayores ahora aparece en individuos de mediana edad, cuando la mayoría todavía están trabajando, criando familias o cuidando a sus padres.

• El alcohol empeora tanto el tamaño como la ubicación de las hemorragias cerebrales: las personas que beben en exceso que participaron en el estudio tenían hematomas 1.7 veces más grandes, lo que significa que la cantidad de sangrado dentro del cerebro fue mayor. También tuvieron el doble de probabilidades de sufrir una hemorragia "profunda", que afecta las regiones del cerebro que controlan el movimiento y la coordinación.

Los sangrados más grandes y en lugares más profundos se relacionan con tasas más elevadas de discapacidad y muerte después de un derrame cerebral. Esto significa que beber en exceso no sólo aumenta el riesgo de sufrir una hemorragia cerebral, sino que empeora de forma drástica el resultado.

• Las resonancias magnéticas revelaron signos avanzados de envejecimiento cerebral y daño vascular: entre los participantes que se sometieron a exploraciones por resonancia magnética, las personas que beben en exceso tuvieron hiperintensidades de la sustancia blanca mucho más graves (áreas de tejido cerebral dañado). La materia blanca permite que las diferentes partes del cerebro se comuniquen entre sí, por lo que cuando se lesiona, la memoria, el equilibrio y el juicio comienzan a deteriorarse.

Este patrón, llamado enfermedad de vasos pequeños, por lo general se asocia con el envejecimiento y la presión arterial alta crónica. El hecho de que apareciera de forma tan notable en las personas que beben en exceso muestra cómo el alcohol acelera el proceso de envejecimiento dentro del cerebro.

• Los picos de presión arterial y los recuentos bajos de plaquetas aumentan el peligro: el estudio encontró que las personas que beben en exceso tenían la presión arterial más alta y menos plaquetas (las células sanguíneas que ayudan a formar coágulos para detener el sangrado). La presión elevada estira y debilita las paredes de las arterias, mientras que los recuentos bajos de plaquetas hacen que sea más difícil para el cuerpo detener una hemorragia una vez que comienza.

En conjunto, estos efectos hacen que el cerebro se vuelva más vulnerable tanto al sangrado como al daño vascular a largo plazo. En otras palabras, esto significa que cualquier persona que bebe en exceso ejerce de forma constante más presión sobre sus arterias y debilita su habilidad de recuperarse de una lesión.

• El alcohol favorece la presión arterial alta y la fragilidad de los vasos sanguíneos a través de varios mecanismos: el alcohol promueve la liberación de hormonas del estrés, como la adrenalina y el cortisol, que contraen los vasos sanguíneos y aumentan la presión arterial. Con el tiempo, estos efectos promueven una hipertensión arterial crónica, que es uno de los predictores más fuertes de hemorragia intracerebral.3

El alcohol también daña el endotelio, que es el revestimiento interno de los vasos sanguíneos, lo que los hace más propensos a romperse. Este ciclo constante de presión y daño debilita la red vascular del cerebro.

• El estudio destaca una conexión directa entre el consumo de alcohol y la enfermedad de los vasos pequeños: los investigadores concluyeron que el consumo excesivo de alcohol favorece la enfermedad hipertensiva de los vasos pequeños, lo que significa que el alcohol aumenta el mismo daño microscópico causado por años de presión arterial alta.

Este daño no aparece de inmediato: se acumula poco a poco, lo que provoca pérdida de memoria, tiempos de reacción más lentos y problemas de equilibrio. Y, cuando se produce un derrame cerebral, los vasos debilitados fallan de forma catastrófica.

El alcohol y los aceites de semillas dañan la salud a través de la misma vía mitocondrial

Los mismos mecanismos que hacen que el alcohol destruya su cerebro también provocan daños silenciosos en su hígado. El alcohol daña los vasos sanguíneos y aumenta el riesgo de derrame cerebral a través del estrés oxidativo y la deficiencia mitocondrial.

Ese mismo proceso se desarrolla en el hígado, sólo que más lento y a menudo de forma inadvertida hasta que se desarrolla una enfermedad grave. El alcohol y los aceites de semillas siguen caminos bioquímicos muy similares que disminuyen la capacidad de las células de producir energía, lo que deja tanto al cerebro como al hígado vulnerables al deterioro.

• Tanto el alcohol como el ácido linoleico (AL) desencadenan la misma reacción en cadena tóxica: el alcohol y el AL (la grasa presente en los aceites de semillas) dañan el hígado de formas bastante similares. Durante décadas, muchas personas asumieron que sólo el consumo excesivo de alcohol provocaba enfermedades hepáticas. Sin embargo, resulta que incluso el consumo moderado de alcohol y el consumo diario de aceites con alto contenido de AL conducen al mismo resultado final: deficiencia mitocondrial.

El hígado es uno de los centros de control metabólico principales del cuerpo. Cuando hay una sobrecarga de alcohol o AL, las mitocondrias dentro de las células del hígado se vuelven menos eficientes a la hora de oxidar la grasa para obtener energía. En lugar de convertir la grasa en combustible que pueda utilizar, el hígado comienza a almacenarla. Con el tiempo, esta acumulación de grasa afecta los procesos metabólicos normales, lo que genera estrés oxidativo e inflamación que conducen a la fibrosis y, al final, a la cicatrización.

• Tanto el alcohol como el AL producen aldehídos tóxicos que destruyen las mitocondrias: cuando toma alcohol, su hígado descompone el etanol en un compuesto reactivo llamado acetaldehído, que se une a las proteínas, los lípidos y el ADN, lo que daña sus células desde adentro hacia afuera. El AL sigue una ruta casi idéntica. A medida que se oxida, el AL forma otra molécula reactiva llamada 4-hidroxinonenal (4-HNE), que es un aldehído tóxico que se comporta igual que el acetaldehído.

Ambos compuestos dañan las mitocondrias (las fuentes de energía que hay dentro de cada célula) al unirse a sus membranas y enzimas. Cuando las mitocondrias funcionan mal, se detiene la oxidación de grasas, aumenta la inflamación y las células del hígado se llenan de gotitas de grasa. Este proceso conduce a la enfermedad del hígado graso.

• Las alimentaciones modernas aumentan el riesgo de daño hepático, incluso si no bebe: hace algunas generaciones, la mayoría de las grasas alimenticias provenían de fuentes animales como el sebo, el ghee y la mantequilla de animales alimentados con pastura (que son grasas estables que resisten la oxidación). Hoy en día, la mayoría de las personas cocinan o consumen alimentos fritos con aceite de soya, maíz, girasol, cártamo o canola. Estos aceites de semillas industriales contienen grandes cantidades de AL, que se oxida con facilidad cuando se calienta.

Esa oxidación produce 4-HNE y otros subproductos nocivos incluso antes de que la comida llegue al plato. Si consume estos aceites todos los días, la carga oxidativa en su hígado aumenta de forma drástica, que es el mismo el daño que se observa con el consumo crónico de alcohol. Esto explica por qué en la actualidad, la enfermedad del hígado graso es una de las condiciones metabólicas de más rápido crecimiento en el mundo desarrollado, incluso entre personas que nunca toman el alcohol.

• No existe una cantidad segura de alcohol para el cerebro o el hígado: las investigaciones actuales demuestran que el alcohol aumenta los riesgos para la salud, incluyendo la demencia, en cualquier nivel de consumo: leve, moderado o excesivo. Incluso una bebida al día daña las neuronas y acelera el envejecimiento cerebral.4 El mismo principio se aplica al hígado: cada sorbo introduce etanol, y la mayoría de los bocadillos procesados ​​y las comidas de restaurante contienen AL oxidado.

Ambos alimentan la misma vía destructiva, lo que perjudica sus sistemas de desintoxicación y deja a sus células sin energía. Para cualquier persona que se preocupa por la longevidad, la agudeza cognitiva o la salud metabólica, esta conexión entre el alcohol y los aceites de semillas es una señal de alerta.

Cómo proteger el cerebro y el hígado de derrames cerebrales hemorrágicos y daño oxidativo

Si toma alcohol con regularidad, incluso cantidades moderadas, su cerebro y sus vasos sanguíneos estarán bajo tensión. El estudio de Neurology lo dejó claro: el consumo excesivo de alcohol provoca derrames cerebrales hemorrágicos, que ocurren cuando un vaso sanguíneo debilitado se rompe y suelta sangre hacia el cerebro. 5 El alcohol aumenta la presión arterial, daña las paredes de los vasos sanguíneos y llena el sistema con compuestos reactivos que inflaman el tejido.

Pero el alcohol no es el único culpable. Los aceites de semillas con alto contenido de AL provocan daños casi idénticos en el hígado y los vasos sanguíneos. Ambos siguen la misma vía mitocondrial destructiva, lo que debilita las células desde adentro. La buena noticia es que su cuerpo se recupera una vez que elimina estos factores estresantes y restablece la producción de energía.

1. Evite el alcohol por completo y elimine los aceites de semillas: el alcohol y los aceites de semillas generan el mismo daño oxidativo que debilita las paredes de las arterias y capilares. El alcohol produce acetaldehído, que es una toxina que desgasta las membranas celulares, mientras que el AL de los aceites de semillas se descompone en otro aldehído tóxico, el 4-HNE. Estos aldehídos interfieren con las mitocondrias, lo que provoca inflamación, acumulación de grasa y degrada los tejidos.

Si ha sufrido un derrame cerebral hemorrágico o tiene presión arterial alta, es esencial dejar de beber alcohol por completo. Al mismo tiempo, elimine de su alimentación los aceites de semillas como el de soya, maíz, cártamo, girasol y canola. Reemplácelos con grasas estables, como ghee, sebo y mantequilla de animales alimentados con pastura. Esto fortalece la integridad de los vasos y ayuda a restaurar el suministro de energía al cerebro.

Le recomiendo que consuma menos de 5 gramos al día, aunque lo ideal es que límite su consumo a 2 gramos. Para realizar un seguimiento de su consumo, le recomiendo que descargue mi aplicación Mercola Health Coach cuando esté disponible. Tiene una función que se llama Seed Oil Sleuth, que monitorea el consumo de AL hasta una décima de gramo, lo que ayudará a proteger su metabolismo.

2. Si toma alcohol, protéjase con N-acetilcisteína (NAC) y vitaminas B: algunas personas eligen beber de forma ocasional, incluso después de conocer los riesgos. Si es su caso, tome precauciones. Tome 200 miligramos (mg) de NAC con vitaminas B1 (tiamina) y B6 (piridoxina) unos 30 minutos antes de comenzar a beber. Esta combinación ayuda al hígado a neutralizar el acetaldehído.

Esto no significa que puede beber en exceso, pero ayuda a disminuir el estrés oxidativo y a proteger las mitocondrias. El NAC repone el glutatión, que es el antioxidante principal del cuerpo que ayuda a prevenir el daño oxidativo a las paredes de los vasos.

3. Apoye la resiliencia cerebral con melatonina: los derrames cerebrales hemorrágicos dañan el tejido cerebral de dos maneras: por la presión física de la sangre acumulada y por los efectos tóxicos de la propia sangre filtrada. El hierro, la hemoglobina y otros subproductos provocan inflamación y estrés oxidativo que empeoran el daño en el tejido circundante. La melatonina apoya las defensas celulares del cerebro a nivel metabólico.

La melatonina funciona como un potente antioxidante, lo que neutraliza los radicales libres que contribuyen a la inflamación continua después de una hemorragia. Este compuesto apoya la salud mitocondrial y reduce la carga oxidativa general que hace que los vasos sanguíneos se vuelvan más frágiles con el tiempo. Al fortalecer sus sistemas de energía, reduce las condiciones que hacen que su cerebro sea más susceptible a sufrir lesiones en primer lugar.

4. Agregue dimetilsulfóxido (DMSO) a su plan de recuperación y emergencia: el DMSO mejora el suministro de oxígeno al cerebro y reduce la inflamación después de un derrame cerebral o una lesión traumática. También disuelve los radicales libres antes de que dañen aun más los tejidos.

Si se produce un derrame cerebral hemorrágico, el DMSO ayuda a limitar el efecto secundario de inflamación que causa gran parte de la discapacidad a largo plazo. Tenerlo en su botiquín de primeros auxilios, junto con la melatonina, le brinda herramientas poderosas para proteger su cerebro mientras espera atención de emergencia.

5. Reconstruya la fuerza vascular con alimentos ricos en nutrientes y entrenamiento para mejorar la circulación: la estabilidad de sus vasos sanguíneos depende del equilibrio energético y del consumo adecuado de minerales. Consuma alimentos ricos en magnesio, potasio y vitamina C, que son nutrientes que refuerzan las paredes de los vasos y regulan la presión arterial. Concéntrese en alimentos enteros con bajo contenido de AL: carnes de animales alimentados con pastura, frutas maduras, tubérculos y proteínas ricas en colágeno.

Preguntas frecuentes sobre el alcohol y el derrame cerebral hemorrágico

P: ¿Qué es un derrame cerebral hemorrágico y en qué se diferencia de otros tipos de derrames cerebrales?

R: Un derrame cerebral hemorrágico, o hemorragia intracerebral, ocurre cuando un vaso sanguíneo debilitado en el cerebro se rompe, lo que provoca que la sangre se filtre al tejido circundante. Esto comprime las estructuras del cerebro y altera el suministro normal de oxígeno. A diferencia de los derrames cerebrales isquémicos, que son causados ​​por coágulos que bloquean el flujo sanguíneo, un derrame cerebral hemorrágico implica una lesión tisular directa tanto por la presión como por los efectos tóxicos de la sangre filtrada. Es una de las formas más peligrosas de derrame cerebral y a menudo provoca discapacidad a largo plazo.

P: ¿Cómo aumenta el consumo excesivo de alcohol el riesgo de sufrir un derrame cerebral hemorrágico?

R: El estudio de Neurology encontró que las personas que toman tres o más bebidas alcohólicas al día experimentan derrames cerebrales hemorrágicos un promedio de 11 años antes que las que no beben en exceso. 6 El consumo crónico de alcohol aumenta la presión arterial, reduce el recuento de plaquetas y debilita las paredes de los vasos sanguíneos, todo lo cual aumenta el riesgo de ruptura. También acelera el envejecimiento cerebral y daña la materia blanca, que es la red de comunicación que apoya la memoria, el equilibrio y la concentración.

P: ¿Por qué se mencionan los aceites de semillas junto con el alcohol en este artículo?

R: Los aceites de semillas con alto contenido de AL, como el aceite de soya, maíz y canola, siguen la misma vía tóxica que el alcohol. Ambos producen aldehídos dañinos (acetaldehído del alcohol y 4-hidroxinonenal del AL) que dañan las mitocondrias, interrumpen la producción de energía y promueven la inflamación. Con el tiempo, este mecanismo compartido debilita las arterias y el hígado, lo que aumenta el riesgo de sufrir enfermedades vasculares, hígado graso y estrés oxidativo en todo el cuerpo.

P: ¿Qué puedo hacer para reducir el riesgo si bebo alcohol o como alimentos cocinados con aceites de semillas?

R: Lo ideal es evitar el alcohol por completo. Si va a tomar, tome 200 mg de NAC unos 30 minutos antes junto con vitaminas B1 y B6 para ayudar a su hígado a neutralizar el acetaldehído. Elimine los aceites de semillas de su alimentación y utilice en su lugar grasas estables como sebo, ghee o mantequilla de animales alimentados con pastura. Concéntrese en alimentos ricos en nutrientes, que contengan magnesio, potasio y vitamina C para reforzar los vasos sanguíneos y regular la presión arterial.

P: ¿Existen suplementos que ayuden a proteger mi cerebro y mis vasos sanguíneos del estrés oxidativo?

R: La melatonina ayuda a mantener la salud mitocondrial y a proteger contra el daño oxidativo. La melatonina funciona como un poderoso antioxidante, mientras que el DMSO ayuda a reducir la inflamación y la hinchazón después de un derrame cerebral o una lesión. Juntas, estas herramientas apoyan la resiliencia de su cuerpo y reducen el riesgo de sufrir daño vascular con el tiempo.